1 de febrero de 2011

La Interpretación y el Contexto

Imaginemos una silla ¿Cómo es? Estoy seguro que nadie que llegue a leer esto se imaginará la misma silla. Habrá diferencias en el material, la forma, el diseño, la posición, el color, el entorno, etcétera, mas a pesar de todas estas diferencias sólo una cosa es segura: todos habrán imaginado… una silla.

Ahora bien, el que no nos imaginemos exactamente la misma silla es una muestra de lo extraordinariamente complejo que es el fenómeno de la interpretación.

Partimos todos de algo establecido: el lenguaje. Una maraña de convenciones que establecen el significado de cada vocablo y la forma de emplearlo. Centrándonos en el caso particular del español, si bien contamos con una institución encargada de regular y establecer estas convenciones (La Real Academia Española de la Lengua –RAE-) lo cierto es que en la práctica el lenguaje es hasta cierto punto autorregulable, evoluciona y se adapta de acuerdo al país, región, ciudad, barrio, individuo. No se habla el mismo español en Argentina que en Colombia o en México. También hay variantes de Tijuana a San Cristobal de las Casas, de Las Lomas a Neza, de ti a mí ¿Qué determina estas variantes? El contexto.

Volvamos a nuestro ejemplo inicial. Cuando percibimos el vocablo “Silla” inmediatamente nos remitimos a la convención. De acuerdo con la RAE una silla es un “Asiento con respaldo, por lo general con cuatro patas, y en que sólo cabe una persona.” Bien, ahora procedemos a imaginarla dentro de lo que sabemos y tenemos conocimiento que es una silla, justo aquí es donde empiezan los problemas.

Interpretar implica variantes sumamente complejas, es un acto cargado de subjetividad. El significado de las palabras es una convención general, el sentido de las mismas un establecimiento particular. Cómo será la silla que nos imaginemos dependerá totalmente de nuestro contexto individual: en qué más estemos pensando, cuáles han sido nuestras experiencias con y alrededor de una silla, nuestro estado anímico, de las sillas que hayamos visto, y un largo etcétera.

Mencioné otra palabra importante: experiencia. El miedo a lo desconocido, a lo nuevo, parte de ahí, de la falta de experiencia, de algún referente que nos guíe y permita reaccionar adecuadamente ante tal o cual situación, saber qué hacer ante ella. Continuamente, en todo momento, en nuestro desenvolvimiento cotidiano nuestras acciones (por más simples que puedan parecer), nuestras respuestas, actos y palabras están basados en nuestro haber de experiencias. Un trauma es el miedo a volver a pasar por experiencias dolorosas o dañinas: cualquier cosa que nos remita al incidente traumático (olor, palabra, canción, lugar, actitud, gesto, fecha, situación…) trae un inmediato rechazo o malestar.

También de aquí se derivan muchos de los conflictos en las relaciones personales, porque actuamos basados en nuestro contexto y perdemos de vista el de nuestra contraparte. La única manera de entender o comprender realmente al otro consiste en colocarse lo más posible dentro de su contexto. La canción que para uno puede ser favorita a otra persona puede hacerla sentir desgraciada, lo que para alguien es la mejor manera de arreglar las cosas para otro puede ser la mejor manera de complicarlo todo, lo que para uno es halago para otro es molesto e invasivo, lo que a uno le quita las ganas para otro puede ser lascivo. Parece muy obvio, pero no tomar en cuenta el contexto ajeno es un error que todos cometemos todo el tiempo (sí, no se equivocan, soy yo el que está formado al inicio de la fila). Al final se trata del producto de la falta de comunicación, el precio de la especulación.

Hoy estamos llenos de discusiones vacías. Desde que la tolerancia se puso de moda damos licencia para que los demás hablen aunque no escuchemos nada y mucho menos entendamos algo ¿Qué ejemplo más claro que las eternas discusiones parlamentarias? Horas y horas de desgastantes palabras que nadie escucha y que en nada cambian el sentido de la votación que ya se ha decidido en otra parte.

Interpretar es en parte descubrir, a nosotros mismos y a los demás. No para que cambiemos, sí para entendernos, que ya sería un extraordinario punto de partida. El silencio es la más ambigua de las palabras, la de significado más abierto y también la mejor definida. Comunicar es descubrir intersecciones, lo que se tiene en común para a partir de ahí construir.

Imaginémonos ahora una silla…

1 comentario:

Gaviota dijo...

Me gustó más tu imaginación, aunque la mía escogió un mejor material.