23 de octubre de 2011

El Lago

El LagoLa ola me encerró apartándome del mundo, de los pájaros del cielo, los niños en la arena, mi madre en la playa. Hubo un momento de silencio verde. Poco después la ola me devolvió al cielo, a la arena, a los niños que gritaban. Salí del lago y el mundo me esperaba aún, y apenas se había movido entretanto.
      Corrí playa arriba.
      Mamá me frotó con un toallón.
      -Quédate ahí hasta que te seques -dijo.
      Me quedé allí, aguardando a que el sol me quitara los abalorios de agua de los brazos. Los reemplacé con carne de gallina.
      -Caramba, sopla el viento -dijo mamá. Ponte el jersey.
      -Espera, que me estoy mirando la carne de gallina -dije.
      -Harold –dijo mamá.
      Me puse el jersey y observé las olas que subían y caían en la playa. Pero no torpemente. Muy a propósito, con una especie de verde elegancia. Ni siquiera un borracho se hubiese derrumbado con la elegancia de esas olas.
      Era septiembre. Los últimos días, cuando todo empieza a ponerse triste, sin ninguna razón. Sólo había seis personas en la playa, que parecía tan larga y desierta. Los niños dejaron de jugar a la pelota, pues el viento, por algún motivo, los entristecía también, silbando de ese modo, y los niños se sentaron y sintieron que el otoño venía por la costa interminable.
      Los kioscos de salchichas habían sido tapados con tablas doradas, guardando así los olores de mostaza, cebolla y carne del prolongado y alegre verano. Era como haber encerrado el verano en una serie de ataúdes. Una a una se golpearon ruidosamente las puertas, y el viento vino y tocó la arena llevándose el millón de huellas de pisadas de julio y agosto. De este modo, ahora, en septiembre, sólo quedaban las marcas de mis zapatillas de tenis, y los pies de Donald y Delaus Arnold, allá, junto al agua.
      La arena volaba en cortinas sobre los senderos de piedra, y una lona ocultaba el tiovivo, y todos los caballos se habían quedado saltando en el aire, sostenidos por las barras de bronce, mostrando los dientes, galopando. No había ahora otra música que el viento, escurriéndose entre las lonas.
      Yo estaba allí. Todos los otros estaban en la escuela. Yo no. Mañana yo estaría en camino hacia el Oeste, cruzando en tren los Estados Unidos. Mamá y yo habíamos venido a la playa a pasar un último y breve momento.
      Había algo raro en aquella soledad y tuve ganas de alejarme, solo.
      -Mamá, quiero correr un poco por la playa -dije.
      -Muy bien, pero no te entretengas, y no te acerques al agua.

Corrí. La arena giró a mis pies, y el viento me alzó. Ustedes saben cómo es correr con los brazos extendidos de modo que uno siente los dedos como velas al viento, como alas.
      Mamá, sentada, se empequeñecía a lo lejos. Pronto fue sólo una mota parda, y yo estuve solo.
      Un niño de doce no está solo a menudo. Tiene casi siempre gente al lado. No se siente solo dentro de sí mismo. Hay tanta gente alrededor, aconsejando, explicando, y un niño tiene que correr por una playa, aunque sea una playa imaginaria, para sentirse en su mundo propio.
      De modo que ahora yo estaba realmente solo.
      Me acerqué al agua y dejé que me enfriara el vientre. Antes, siempre había una multitud en la playa, yo no me había atrevido a mirar, a venir aquí y buscar en el agua y decir cierto nombre. Pero ahora…
      El agua era como un mago. Lo aserraba a uno en dos. Parecía que uno estuviera cortado en dos partes, y la parte de abajo, azúcar, se fundiera, se disolviera. El agua fresca, y de cuando en cuando una ola que cae elegantemente, con un floreo de encaje.
      Dije el nombre. Llamé doce veces.
      -¡Tally! ¡Tally! ¡Oh, Tally!
      Cuando uno es joven y llama así, uno espera realmente una respuesta. Uno piensa cualquier cosa y siente entonces que puede ser real. Y a veces, quizá, uno se equivoca.
Pensé en Tally, que nadaba alejándose en el agua, en el último mes de mayo, las trenzas como estelas, rubias. Se iba riendo, y el sol le iluminaba los hombros menudos de doce años. Pensé en el agua que se aquietó de pronto, en el bañero que se zambullía, en el grito de la madre de Tally, y en Tally que nunca salió…
      El bañero trató de sacarla, de convencerla, pero Tally no vino. El bañero regresó con unos trozos de algas en los dedos de nudillos gruesos, y nada más. Tally se había ido y ya no se sentaría cerca de mí en la escuela, nunca más, ni correría detrás de la pelota en las calles de ladrillos, las noches de verano. Se había ido demasiado lejos, y el lago no permitiría que volviese.
      Y ahora en el otoño solitario, cuando el cielo era inmenso y el agua era inmensa y la playa tan larga, yo habla ido allí por última vez, solo.
      La llamé otra vez y otra vez. ¡Tally, oh, Tally!
      El viento me sopló dulcemente en las orejas, como sopla el viento en las bocas de los caracoles, que murmuran. El agua se alzó, me abrazó el pecho, luego las rodillas, subiendo y bajando, así y de otro modo, succionando bajo mis talones.
      -¡Tally! ¡Vuelve, Tally!
      Yo sólo tenía doce años. Pero sabía cuánto la había querido. Era ese amor que llega cuando el cuerpo y la moral no significan nada todavía. Ese amor que se parece al viento y al mar y a la arena, acostados y juntos para siempre. La materia de ese amor era los días largos y cálidos en la playa, y el zumbido tranquilo de los días monótonos en la escuela. Todos los largos días del último otoño cuando yo le había llevado los libros a casa desde la escuela.
      -¡Tally!
      La llamé por última vez. Me estremecí. Sentí el agua en la cara y no supe cómo era posible.
      El agua no me había salpicado tan arriba.
      Volviéndome, retrocedí a la arena y me quedé allí media hora, esperando una sombra, un signo, algo de       Tally que me ayudara a recordar.
      Luego, de rodillas, hice un castillo de arena, delicado, construyéndolo como Tally y yo lo habíamos construido tantas veces, pero esta vez construí sólo la mitad. Luego me puse de pie.
      -Tally, si me oyes, ven y construye el resto.
      Me alejé hacia el lunar lejano que era mamá. El agua subió, invadió en círculos el castillo, y lo devolvió poco a poco a la lisura original.
      Silenciosamente, caminé por la costa.
      Lejos, el tintineo de un tiovivo; pero era sólo el viento.

Al día siguiente me fuí en tren.
      Un tren tiene mala memoria. Pronto deja todo atrás. Olvida los maizales de Illinois, los ríos de la infancia, los puentes, los lagos, los valles, las casas, las penas y las alegrías. Las echa atrás y pronto quedan del otro lado del horizonte.
      Alargué mis huesos, les puse carne, cambié mi mente joven por otra más vieja, tiré ropas que ya no me servían, pasé del colegio primario al bachillerato, y de ahí a la universidad. Y luego encontré a una joven en Sacramento. La traté un tiempo y nos casamos. Cuando cumplí veintidós años ya casi no recordaba cómo era el Oeste.
      Margaret sugirió que pasáramos nuestra luna de miel postergada.
      Como la memoria, el tren va y viene. Un tren puede devolvernos rápidamente a todo lo que dejamos atrás hace muchos años.
      Lago Bluff, diez mil habitantes, subió en el cielo. Margaret estaba tan bonita con sus elegantes ropas nuevas. No sentía cómo el mundo viejo iba incorporándome a su vida, y Margaret me miraba. Me tomó del brazo cuando el tren se deslizó entrando en Bluff, y un hombre nos escoltó cargando el equipaje.
      Tantos años, y las metamorfosis de las caras y los cuerpos. Caminábamos por el pueblo y yo no reconocía a nadie. Había casas con ecos. Ecos de correrías por los senderos de las cañadas. Rostros donde se oían aún unas risas entre dientes: las vacaciones y las hamacas de cadenas, y las subidas y bajadas en los columpios. Pero yo no hacía preguntas y miraba a un lado y a otro y acumulaba recuerdos, como apilando hojas para la hoguera del otoño.
      Nos quedamos allí dos semanas, visitando juntos todos los sitios. Fueron días felices. Yo pensaba que estaba enamorado de Margaret. Lo pensaba por lo menos.
      En uno de los últimos días paseamos por la costa. El año no estaba tan adelantado como aquel día, hacía tanto tiempo, pero en la playa se veían ya los primeros signos de la deserción próxima. La gente escaseaba; algunos kioscos estaban cerrados y claveteados, y el viento, como siempre, esperaba allí para cantarnos.
      Casi vi a mamá sentada en la arena como antes. Sentí otra vez aquellas ganas de estar solo. Pero no me atreví a hablarle de eso a Margaret. Callé y esperé.
      Cayó el día. La mayoría de los niños se había retirado ya, y sólo quedaban unos pocos hombres y mujeres que tomaban sol, al viento.
      El bote del bañero se acercó a la costa. El hombre salió a la orilla, lentamente, con algo en los brazos.
      Me quedé quieto. Contuve el aliento y me sentí pequeño, con sólo doce años de edad, minúsculo, infinitesimal, y asustado. El viento aullaba. No podía ver a Margaret. Sólo veía la playa, y al bañero que venía lentamente con un bulto gris no muy pesado en las manos, y la cara casi tan arrugada y gris.
      No sé por qué lo dije:
      -Quédate aquí, Margaret.
      -¿Pero por qué?
      -Quédate aquí, eso es todo.
      Fui lentamente por la arena, playa abajo, hacia donde estaba el bañero. El hombre me miró.
      -¿Qué es? -pregunté.
      El hombre siguió mirándome largo rato. No podía hablar. Puso el saco gris en la arena, y el agua murmuró alrededor subiendo y bajando.
      -¿Qué es? -insistí.
      -Extraño -dijo el bañero, en voz baja.
      Esperé.
      -Extraño -dijo otra vez, dulcemente-. Nunca ví nada más extraño. Está muerta desde hace mucho tiempo.
      Repetí las palabras del hombre.
      El hombre asintió.
      -Diez años, diría yo. Este año no se ahogó ningún niño. Se ahogaron aquí doce niños desde 1933, pero los encontramos a todos a las pocas horas. A todos excepto a uno, recuerdo. Este cuerpo… bueno, debió de haber estado diez años en el agua. No es… agradable.
      Clavé los ojos en el saco gris.
      -Ábralo –dije.
      No sé por qué lo dije. El viento gritaba más.
      El hombre tocó el saco aquí y allá.
      -¡De prisa, hombre, ábralo! –grité.
      -Será mejor que no –dijo él. Luego quizá me vio la cara-. Era una niña tan pequeña…
      Abrió sólo una parte. Fue suficiente.
      La playa estaba desierta. Sólo había el cielo y el viento y el agua y el otoño que se acercaba solitario.       Bajé la cabeza y miré.
      Dije algo, una vez y otra. Un nombre. El bañero miraba.
      -¿Dónde la encontró? -pregunté.
      -Playa abajo, allá, en los bajíos. Ha pasado mucho, mucho tiempo, ¿no?
      Sacudí la cabeza.
      -Sí, sí. Oh Dios, sí, sí.
      Pensé: la gente crece. Yo he crecido. Pero ella no ha cambiado. Es pequeña todavía. Es joven todavía. La muerte no permite crecimientos o cambios. Todavía tiene el pelo rubio. Será siempre joven, y yo la querré siempre, oh Dios, la querré siempre.
      El bañero cerró otra vez el saco.
      Un momento después eché a caminar por la playa, solo. Me detuve, miré algo. Aquí es donde la encontró el bañero, me dije.
      Aquí, a orillas del agua, se alzaba un castillo de arena, la mitad de un castillo. Tally una mitad, y yo la otra.
      Lo miré. Me arrodillé junto al castillo de arena y vi las huellas de los pies menudos, que venían del lago y volvían al lago, y no regresaban.
      Entonces entendí.
      -Te ayudaré a terminarlo –dije.
      Lo hice. Construí el resto muy lentamente, luego me incorporé y me alejé sin volver la cabeza, para no ver cómo las olas lo deshacían, como se deshacen todas las cosas.
      Caminé por la playa hasta el sitio donde una mujer extraña, llamada Margaret, me esperaba sonriendo…

Ray Bradbury.
-------------------------------------------


Un cuento que me remueve infinidad de cosas. Tomado de "El País de Octubre".

¿De dónde más?

30 de septiembre de 2011

Ataviados de piel y labios (amanece).

Ataviados de piel y labios (Amanece)
Tan triste y temible como el cielo de aquel día
Tan inútiles las palabras no llegaron a su destino
No cumplieron su cometido.

Muero todos los días contigo
De alguna parte, de algun modo
Sin equilibrio te visto de piel y labios
En armonía tus pasos.

Es como ver campo, como ser algo en él
Crecer mis migas, mojar tu ser
Nazco todos los días contigo, al anochecer
De alguna parte, de algún modo.

Salimos a la calle a recorrer
De saltos profundos se llena la ruta
País sin fe que nos contagia
Amor distante que nos hidrata.

Ficción y no
Teatro
El agua santa de tu corazón
Ataviados de piel y labios
Morimos juntos todos los días.

Amanece.

26 de septiembre de 2011

Credo


Zempoala 28-12-2010-22.jpg
Creo en tus ojos como creo en el agua
Los necesito por igual
Soy una pizca de sal que la incertidumbre barre
Y deposita en el río
Me disuelvo, me congrego con el líquido
Prueba el agua que corre, alcánzala
Prueba el agua del río.

Creo en tus manos como creo en el viento
Los necesito por igual
Para viajar a tierra fértil
Semilla que busca un hogar.

Creo en ti como creo en el Sol
Los necesito por igual
Para crecer, hacer mi propio alimento
Alga naciente, resplandeciente
En tu lecho mi raíz.

Es la noche eso que sientes que va pasando
Con su luz te dibujaré
A lápiz y tinta te trazaré
Me quedarán tus ojos grises
Como nubes.

De tu piel limpia hago mi propio alimento.
Tierra fértil
Tu ausencia mi veneno
Mi último aliento
Para ti.

25 de septiembre de 2011

La Sed

Juan Carlos Mejía Rosas Los días se van vastos
No así el tiempo
Que me pasa por encima.

Te miro sin tenerte aquí
Te beso apenas despierto
Es tu silencio la palabra más dulce
La poca paz que aún me habita.

El tiempo pasa y me lleva
A veces siento que a ninguna parte
Es cuando me deja en tu puerta
Es cuando la sed por ti me despierta.

12 de septiembre de 2011

Soy tú.

Zempoala 28-12-2010-1.jpg

Lo siento todo
Estoy fuera
Lo percibo, estoy cayendo
Por favor
Una sonrisa para el sol que me crece en la mano.

Tengo miedo de ti
Estoy tan lejos de nosotros
Soy la nariz fría
El más silencioso de los ruidos
Tú el más ruidoso de mis recuerdos.

Soy tú
Y tú no eres nada
Te amo
Y tú tan sólo eres nada.

26 de julio de 2011

Silueta


Llevas un vestido obscuro, ceñido arriba, amplio y largo abajo; el cabello suelto al igual que los sueños. Ellos revolotean alrededor de ti, y tú caminas lento, marcando el paso del tiempo. Sin avisar te detienes y sonríes, ellos saben lo que deben hacer.

Y lo que saben es que te gusta verlos volar, romper con su silueta la luna llena.

A mí me gusta verte a ti.

Con tu silueta de gracia plena, haciendo de los minutos horas y de los días segundos.

¿Hay algo más hermoso que verte paseando cuervos?

28 de mayo de 2011

¿Qué es la locura?

Monumento a la Revolución - 22/04/2011 - 04
Mirarte
Alzar los ojos al cielo y buscarte
Ser de ti cuando no vamos a ninguna parte
Recordarte, desearte
Buscarme en ti
No entender que ya es tarde
Pedirte que te quedes cuando ya estás lejos
Sentir que me buscas
Creer que me necesitas
Quererte así, sin más
Sumergirme en tu recuerdo
Aullarte como a la luna
Esperarte, soñarte
Revolotear a tu alrededor
Cual insecto ante una luz
Creer que alguna vez será diferente
Entenderte, pensarte, cuidarte
Amarte...

La locura.

27 de mayo de 2011

Promesa

Promesa
Ayer te vi amanecer y atardecer
Fuiste una noche obscura y cálida
Una tibia promesa, de esas que se rompen
Al abrir los ojos.

Ayer te convertiste en recuerdo
Me queda la paz que dejaste sin querer
Y toda esta hambre de ti.

Me voy lejos, lo más
Para no seguirte soñando
Para no seguirte pensando
Para no ser más esto que soy sin ti.

Ayer te envolviste en silencio
Nos mentimos por última vez
Fuimos una tibia promesa, de esas que se rompen
Al abrir los ojos.


Gracias por todo.

16 de mayo de 2011

Niños

Zempoala 28-12-2010-26.jpg
A que nunca te alcanzo
A que nos necesitamos
A que no somos nada
A que nos gusta estar juntos
A que no te quiero
A que te encierras y nunca te saco
A que somos irrepetibles
A que te abrazo y todo es paz
A que somos imposibles
A que nunca nos escuchamos
A que confías en mí
A que somos uno
A que nunca tenemos tiempo para el otro
A que vamos a ser así siempre
A que me gusta lo que a ti te gusta
A que el tiempo no pasa
A que somos del viento
A que me tiras y te levanto
A que nos protegemos
A quién tiene más miedo
A que me importa cómo estés y qué te pase
A que me importa que te pase
A que nunca nos hemos mentido
A que tenemos un futuro común y hacemos planes
A que nos soltamos de repente
A que hablamos en plural
A que nos encontramos
A que somos algo importante para el otro
A que te toco e inicia la guerra
A que sales corriendo
A que eres lo más hermoso que he visto y he tenido
A que nos olvidamos
A que nos compartimos
A que nos queremos...

Jugamos.

11 de mayo de 2011

Son

Aterrizando en algún sueño
Marte es un cerebro
La tormenta de Júpiter un ojo
La Tierra una lágrima
Tus ojos el centro de un huracán
Las flores reflejos de ti
La ciudad una cicatriz
El Sol un corazón
Tú eres Arte
El mar lo que siento por ti.

4 de mayo de 2011

Conmigo

Prueba de exposición 2
Entiende que nada tiene caso
Que no podrás cambiar nada
Que en ese espacio no eres nada
Que lo único que tienes eres tú.

Respira
Lento, sin prisa
No dejes entrar más temor
Las cosas pasan, nunca entenderás como
Ni por qué.

Y aunque al final nada cambió
Sabes que nunca volverás a ser el mismo.

Hay que quemar de nuevo
todas estas ganas de regresar, de reintentar
hay que quemarlo todo de nuevo
para que no haya más forma de regresar jamás.

Y te quemaré conmigo…


Este ya llevaba un rato guardado. Por alguna razón sentí que hoy era el momento de ponerlo acá, porque hay tantas cosas dentro de mí ardiendo desde hace tiempo, tanto que parece nunca habrá fin.

2 de mayo de 2011

Exactly like you

Somos Nubes 05
I’m a lie
I’m a falling stone
I’m a dream
I’m a dry fountain
I’m a big green tree
I’m the most sweet thing
I love you
I’m a fool
I’m a crying shadow
I’m a lost thing
I’m a star
I’m a pair of blind eyes
I dream
I’m a handbag with a hole
I’m the sun between the clouds
I’m your lips
I’m a genius
I’m the last hope of a dead God
I kiss your skin
I feel like you feel
I’ve a tired mind
I’m a scared man
I need the bright of your eyes
I’m soft like running water
I’m a warm hand taking a cold hand.

I’m exactly like you are.