En
el fondo todos queremos que las cosas se den de una sola manera y vayan en una sola dirección: la
nuestra; somos egoístas. En el devenir de nuestra existencia
encontramos a gente con quienes tenemos egoísmos comunes; eso es lo
que nos acerca. Tal situación puede durar minutos, semanas o toda
una vida; es cuando nos alejamos con menores o mayores pérdidas. Las
asociaciones, grupos, religiones, equipos, organizaciones, especies,
parejas, centros de trabajo, familias, paises, amigos y demás,
alcanzan el éxito (supervivencia) cuando gozan de egoísmos
colectivos fuertes y arraigados (identidad) y logran capitalizarlos,
imponerlos en armonía y con sustentabilidad; lo mismo a la inversa.
El
egoísmo es el motor de la evolución (mejor comer que ser comido,
mejor mis genes que los del resto...). Sin embargo hay una paradoja: El
egoísmo no debe ser egoísta, porque de serlo se torna suicida. El
egoísmo debe ser capaz de escuchar, observar, adaptarse. Debe tener
la sapiencia de sacrificarse, subordinarse cuando un egoísmo más
amplio y trascendente así lo exige. El egoísmo en bruto sin
conocimiento ni noción de sí mismo acaba con especies y es capaz de
fulminar un Mundo.
¿Qué
mejor prueba que el Tercer Planeta?
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